Fue gracias a los vehículos tirados por caballos, tales como las diligencias, y a la congestión que éstas causaban en las calles de Londres, que se pensó en la construcción de un tren subterráneo.
En 1863, cuando fue abierto el Metro de Londres, o “tube (tubo)”, como se le llama comúnmente, éste se convirtió en el primer tren subterráneo en el mundo. La primera línea corría entre Paddington y Farringdon, vía King’s Cross y era operada por el Ferrocarril Metropolitano. A pesar de los artículos escritos en el The Times acerca de que los londinenses nunca utilizarían el tren subterráneo, el nuevo ferrocarril fue un éxito inmediato.
El Ferrocarril Metropolitano adquirió locomotoras a vapor especialmente diseñadas para funcionar a través de sus túneles. Se suponía que estas consumían su propio humo al desviarlo a los estanques de agua del motor. Sin embargo, en la práctica, el vapor frecuentemente debía ser expulsado, y fue necesario construir ductos de ventilación.
En los siguientes años, el Metro de Londres se expandió hacia el centro de la capital. La red actual cubre 415 kilómetros -más de un tercio bajo túneles-, y diariamente se realizan más de 2.8 millones de viajes.
El Metro de Londres siempre ha estado a la vanguardia del
diseño innovador. Su característico símbolo con el círculo
rojo y barra azul es una vista familiar en la ciudad y sus alrededores. Una
versión anterior, con un disco rojo sólido, apareció por
primera vez en las plataformas de las estaciones alrededor del año 1908,
como una forma de indicar el nombre de la estación. El famoso diagrama
de las líneas del metro, originalmente diseñado por Henry Beck
en 1931, se ha convertido en una obra maestra reconocida internacionalmente.